El mundo cambia; la multiplicidad de temas abunda, con tendencias que pasan en un abrir y cerrar de ojos. Hoy, coreografías de moda que antes pudieron repetirse por años, son solo extractos que se albergan en hogares por un par de semanas, para luego ser olvidados por otras oleadas de instantaneidad.
Este no es un tema nuevo para Alexander Masoliver, doctorando de la Facultad de Psicología de la Universidad Alberto Hurtado, quien ya había realizado su tesis sobre el uso de las redes sociales. Siete años después, en marzo de este año, fue reconocido con la Beca de Doctorado Nacional ANID por su actual investigación, que analiza cómo las personas cambian a partir de su contacto con los algoritmos de las redes sociales.
Es así como Masoliver ha llegado a plantear cómo esta interacción constante entre el algoritmo (una secuencia intangible) y las personas tiene un efecto psicológico importante que se ve reflejando en el mundo real, por ejemplo, en la autopercepción de la apariencia física.
—¿Cómo el algoritmo puede cambiar la autopercepción de las personas?
—Un caso son los filtros. Por ejemplo, el filtro Bold Glamour, de TikTok, produce efectos en los adolescentes que lo usan. Piensan “quiero verme así”, y se genera una exigencia de cómo deben verse los sujetos.
Pero las personas no saben realmente cómo funcionan los filtros. En la medida en que le entregas datos, estos cambian con el tiempo. Después, otra persona usa el mismo filtro, pero con datos nuevos, y se va creando una especie de máquina dentro del algoritmo que ya no reconocemos. Y eso al final tiene efectos tanto a nivel virtual como en lo “real”.
—¿Cuáles son los efectos del algoritmo en el mundo “real”?
—El funcionamiento algorítmico tiene un efecto en el mundo real. La relación entre las personas y el algoritmo son cambiantes y crean una nueva forma de personalidad. Se genera una nueva forma de persona, de interioridad.
Un ejemplo típico es cuando estás en un carrete y una persona está conectada al parlante para poner música y se le acaba la batería. Entonces te dice oye, ¿por qué no conectas tu celular?, pero tú no escuchas la misma música que la persona y sabes que te va a cambiar el algoritmo. Entonces decidimos no poner la música o conectarnos en incógnito, porque de cierta manera tenemos conciencia de que el algoritmo está funcionando en nosotros.
—¿Es cierto que el celular nos escucha y por eso sabe lo que nos interesa?
Eso es lo que llamamos folk theories o teorías populares. Es cómo creemos que funciona el algoritmo, pero nunca vamos a tener la certeza de cómo funciona realmente.
Algo que trato de innovar, a diferencia de otros estudios, es que no somos víctimas ni instrumentos. Nosotros también ocupamos el algoritmo y lo alimentamos. Tú te aprovechas del algoritmo, no es que el algoritmo se aproveche de ti, y ese entremezclamiento es lo que estoy tratando de investigar.
—¿Te enfocaste en algún grupo específico para estudiar este tema?
En general, los estudios de redes sociales se enfocan en los jóvenes, pero a mí me interesa el efecto en los adultos. Mi propuesta es estudiar con sujetos que empezaron a usar redes sociales desde su boom, que fue aproximadamente en 2008, con el crecimiento de Facebook.
Hay personas que tienen alrededor de 35 años que vieron cómo no hubo redes sociales ni internet, y después tuvieron que adaptarse a las nuevas tecnologías. Es decir, personas que experimentaron todo un proceso evolutivo.
Son sujetos que estuvieron expuestos por mucho tiempo a esa forma de contacto, y que además vieron cómo se fue modificando con los años, cuando los creadores de las redes sociales empezaron a darse cuenta de lo que funcionaba mejor, lo que permitía mantener más la atención. Me interesa mucho centrarme en esa generación, una con poder adquisitivo, potencialidades y familia.
—¿Qué metodología estás usando para la investigación?
—La novedad metodológica es hacer una investigación postcualitativa, no cualitativa. No se trata simplemente de hacer una entrevista, sino de buscar herramientas para entender cómo es que el algoritmo también puede ser entrevistable. Por eso hay que observar las diferencias en su funcionamiento y cómo surgen sus afectos en la interacción con las personas.
—¿Este es un estudio interdisciplinario?
—Lo que estoy estudiando es altamente interdisciplinario, y es un tema que en Chile no se desarrolla mucho. No puedo quedarme solamente en la psicología; tengo que participar en otros diálogos con otras áreas, particularmente con ingeniería computacional y estudios mediales, incluso con teoría matemática.
—¿Qué otros efectos de las redes sociales podemos identificar en nuestra sociedad actual?
—Hay una correlación entre el uso de redes sociales y la ludopatía juvenil. También está el fenómeno de los incels, estos varones que son tremendamente misóginos. Todo esto requiere una lectura crítica de lo que está pasando en internet y combatir un poco el pensamiento tecno-optimista de que siempre vamos a estar bien gracias a la tecnología. Una idea que lamentablemente está presente muchas veces en el discurso mediático. Hoy tenemos un espacio en las noticias, en la prensa, que dice cómo la ciencia logra que un robot camine en cuatro patas, y claro, después ese mismo robot sirve para la guerra.
Si no aplicamos un pensamiento crítico, va a ser muy difícil evitar dejarse llevar por cualquier novedad tecnológica.