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Antonia Larrain: «Enseñar sobre el cambio climático por medio del debate promueve competencias ciudadanas»

Antonia Larrain, vicerrectora académica de la Universidad Alberto Hurtado e investigadora en educación, acaba de culminar un proyecto de cuatro años financiado por Fondecyt que buscó responder una pregunta: ¿puede la discusión entre estudiantes ser una herramienta poderosa para aprender ciencia y, al mismo tiempo, formar ciudadanía?

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En la siguiente entrevista, Larrain explica las motivaciones, hallazgos y desafíos de su investigación sobre la enseñanza de “Ciencias para la Ciudadanía”, un ramo incorporado en el marco curricular implementado en 2019, y que abre un espacio para repensar cómo educamos a las futuras generaciones frente a crisis globales como el cambio climático.

—¿Cómo nace esta investigación y qué buscaban responder?

La investigación comenzó en 2021, justo cuando los colegios estaban empezando a implementar el nuevo ramo de “Ciencias para la Ciudadanía”. La pandemia había retrasado el proceso, pero vimos ahí una oportunidad única para estudiar un fenómeno en desarrollo.

Nuestro objetivo fue evaluar si aprender sobre cambio climático a través de la deliberación entre pares —es decir, discutir problemas antes de recibir toda la información científica— favorecía no solo la comprensión de conceptos, sino también la disposición de los estudiantes a participar como ciudadanos responsables, lo que llamamos “ciudadanía verde”.

—¿Cómo lo llevaron a cabo?

En total trabajamos con 317 estudiantes entre colegios municipales, subvencionados y particulares, principalmente en Santiago y Valparaíso, pero también en regiones como La Araucanía y Los Lagos. Grabamos más de 260 sesiones de discusión grupal, aplicamos cuestionarios antes y después de las clases, y analizamos los resultados.

En conjunto con docentes diseñamos actividades y clases basadas en este enfoque pedagógico: no aprender primero y aplicar después, sino discutir, reconocer lo que no se sabe, intentar resolver con lo que se tiene, y recién ahí acceder al conocimiento científico.

Adaptamos instrumentos de evaluación de equipos chilenos y finlandeses, aplicamos cuestionarios y grabamos las discusiones en clases. La idea era analizar no solo lo que aprendían, sino también cómo se vinculaban con los problemas.

—¿Qué hallazgos les sorprendieron más?

En primer lugar, que el 95 % de las y los estudiantes está convencido de que el cambio climático es causado por la acción humana, pero la mayoría (el 85 %) no entiende realmente por qué. Eso es delicado, porque una convicción sin fundamentos es frágil: puede abandonarse fácilmente cuando no resulta conveniente. Por ejemplo, vimos que los estudiantes están dispuestos a hacer cambios pequeños —reciclar, desenchufar aparatos, comer un poco menos de carne—, pero no a modificaciones profundas.

Otro hallazgo importante es que en los colegios se habla de cambio climático, pero hay muy poca orientación vocacional. Las y los jóvenes están preocupados, angustiados incluso, pero no saben cómo proyectar esa inquietud en su futuro profesional. Ahí las universidades tenemos un rol clave.

—¿Qué es la valoración de la ciencia?

En contraste con otros países donde la ciencia está en cuestionamiento, nuestros estudiantes mostraron una alta apreciación n de ella: creen en su capacidad para explicar fenómenos y para orientar decisiones. Sin embargo, se entiende poco y, lo más importante, la vinculan escasamente con la acción personal o colectiva.

Un hallazgo clave fue que más conocimiento no necesariamente lleva directo a la acción, pero sí fortalece la identificación con la ciencia, lo que indirectamente promueve una mayor disposición a mitigar el cambio climático.

—¿Qué conclusiones deja este proyecto para la enseñanza?

Que deliberar entre pares funciona como un doble motor de aprendizaje: permite aprender más ciencia y, al mismo tiempo, promueve competencias ciudadanas. La discusión no es solo un recurso metodológico, es una experiencia formativa que enseña a escuchar, argumentar, reconocer la diversidad de posturas y construir soluciones colectivas.
Y eso, en un mundo atravesado por crisis globales, es más necesario que nunca.

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La investigación de la vicerrectora y su equipo deja en evidencia que el aula puede ser un laboratorio cívico y científico al mismo tiempo: deliberar entre pares no solo ayuda a comprender de mejor manera conceptos complejos como el cambio climático, sino que también forma en el ejercicio de escuchar, argumentar y construir acuerdos, competencias ciudadanas urgentes en el contexto actual.

El desafío es cómo las escuelas y universidades logran orientar esa preocupación juvenil hacia proyectos vitales y profesionales que trasciendan lo individual. Porque educar en “Ciencia para la Ciudadanía” parece ser una forma para que las nuevas generaciones puedan pensar y actuar colectivamente sobre lo urgente.

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